jueves, julio 16, 2009

Seguía sin fin

Tal como lo hacía cada vez que podía, cada mañana cuando el sol sonreía de oreja a oreja, saludando radiantemente, Arnoldo tomaba la antigua bicicleta, la que curiosamente era de madera corrosiva con un sillín de blanco papel, con la que todos sus antepasados habían recorrido el desierto, sobre ríos y montañas. Apoyado en su bicicleta se veía perder su silueta bien erguida, tras el estrecho callejón sombreado de rosales, que acorralaban a su defensa con las furiosas espinas que coronaban el pasar de Arnoldo sin ningún rasguño.
Atrás quedaba la semana en donde abandonaba los pies en la calle, en conjunto con el agitado centro urbano, que hacían de la ciudad parecer a un acelerado motor que aún viajando a miles de kilómetros por décadas, parece retroceder sobre pedruscos sonantes y cantantes, rudas y chocantes, en donde conviven miles de especies que sin rencor pisan todos los días de su vida las fibrosas piedras y tierra bajo sus pies.
Contemplando la monotonía de la ciudad en día de descanso, cuando ni siquiera los festejos madrugadores de las prostitutas se sienten, Arnoldo perdía su mente en el eterno caminar sumergido entre cada una de las rudas piedras que hacían del árido cemento, un lugar de reencuentro, por donde cientos de ruedas pasaban como inertes alfileres en su ropa, recordando así a esa pequeña criatura que lo perseguía, volaba recurrenteme
nte en su cabeza, entre sus sueños diurnos contando en la calculadora de sueños, como en la sopa de letras que se cocinaba cada almuerzo y en  cada una de las vísceras que desformaban su cuerpo sobre la bicicleta, que torturaban en cada roja de papel de las ruedas, en las doce vueltas que emitía cada hora.
Así transcurrían las horas en su rectilínea dirección, mientras el sudor de sus manos se mezclaba y esparcía confundiéndose con ambos pedales, los que pedían jadeantes un vaso de agua, para el concilio de las milésimas de segundo sobre cada piedra con un atónito recuerdo de esa muchachita.
Su destino no tenía fin, seguía circulando, la ciudad ya estaba despierta y el resto de la gente sarcásticamente perdidas en la ansiedad de alcanzar del dinero, aglomerados como un rebaño. Pero Arnoldo completamente distraído, seguía perturbado entre las figuras y recuerdos, que nacen de las piedras y episodios de la pequeña criatura de un ensueño olvidado.
El camino de pedruscos comenzaba a ser magnas piedras, pero él seguía su trayecto hasta que de un solo chapuzón en leche caramelo, cayó derrotado sobre una de ellas como en un colchón de lana, mientras su bicicleta indiferente seguía sin rumbo sobre las grandes piedras rocosas bañadas en arena, hasta que increíblemente sin su tripulante, cayo asimismo sobre el eterno puñado de piedras, que le daban una despedida con recuerdos de aquella criatura que nacía entre la penumbras de las duras piedras, que esta vez brindaban cálidamente por una nueva visita.-


/del 2007 cuando las letras bailaban en mi puño.

1 comentario: